Israel reloj del mundo

 

Israel es un país pequeño, pero tiene una gran importancia para la historia, la profecía y el plan de Dios. Israel es el reloj del mundo porque en él se cumplen las señales que anuncian el regreso de Jesucristo y el fin de los tiempos.

El origen de Israel

La Biblia dice que Dios escogió a Israel como su pueblo especial, y le dio una tierra que fluye leche y miel (Deuteronomio 7:6-8). Dios hizo un pacto con Abraham, el padre de Israel, y le prometió bendecirlo y multiplicarlo, y hacer de él una gran nación (Génesis 12:1-3). Dios también le dijo a Abraham que en su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra, refiriéndose a Jesús, el Mesías, que nació de la tribu de Judá (Génesis 22:18; Mateo 1:1-16).

Abraham tuvo dos hijos: Ismael e Isaac. Ismael fue el hijo de la esclava Agar, y fue el padre de los árabes. Isaac fue el hijo de la promesa, el que Dios le dio a Abraham y a su esposa Sara en su vejez. De Isaac nacieron Jacob y Esaú. Jacob fue el padre de los doce hijos que formaron las doce tribus de Israel. Esaú fue el padre de los edomitas, un pueblo enemigo de Israel.

Dios cambió el nombre de Jacob por Israel, que significa “el que lucha con Dios” (Génesis 32:28). Israel tuvo doce hijos: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí, José y Benjamín. De estos hijos se originaron las doce tribus de Israel. La tribu de Leví fue apartada para el servicio sacerdotal, y no recibió heredad en la tierra. La tribu de José se dividió en dos: Efraín y Manasés.

La historia de Israel

A lo largo de la historia, Israel ha sido el escenario de muchos acontecimientos milagrosos y sobrenaturales, como la liberación de la esclavitud en Egipto, la conquista de Canaán, el reinado de David y Salomón, la división del reino, el exilio y el regreso a la tierra, la venida de Jesús, su muerte y resurrección, la formación de la iglesia primitiva, la destrucción del templo y la dispersión de los judíos por el mundo.

La liberación de Egipto

Los hijos de Israel descendieron a Egipto por causa del hambre que había en Canaán. Allí fueron bien recibidos por el faraón que conocía a José, el hijo preferido de Jacob, que había sido vendido por sus hermanos como esclavo y luego se había convertido en gobernador de Egipto. Pero después surgió otro faraón que no conocía a José ni al Dios de Israel. Este faraón oprimió a los israelitas y los sometió a dura servidumbre (Éxodo 1).

Dios escuchó el clamor de su pueblo y levantó a Moisés como su libertador. Moisés fue criado como hijo del faraón, pero huyó al desierto después de matar a un egipcio que maltrataba a un hebreo. Allí Dios se le apareció en una zarza ardiente y le ordenó que fuera a Egipto a decirle al faraón que dejara ir a su pueblo (Éxodo 3).

Moisés obedeció a Dios y se presentó ante el faraón con su hermano Aarón. Pero el faraón endureció su corazón y no quiso dejar ir a los israelitas. Entonces Dios envió diez plagas sobre Egipto para castigar al faraón y a sus dioses: sangre, ranas, piojos, moscas, pestilencia, úlceras, granizo, langostas, tinieblas y muerte de los primogénitos (Éxodo 7-12).

La última plaga fue la más terrible, pues Dios hizo morir a todo primogénito en Egipto, tanto de hombres como de animales. Pero Dios hizo una provisión para que los israelitas se salvaran de esta plaga. Les mandó que tomaran un cordero sin defecto y lo sacrificaran, y que pusieran la sangre en los postes y el dintel de la puerta de sus casas. Así, cuando el ángel de la muerte pasara por Egipto, vería la sangre y pasaría de largo, sin entrar en las casas de los israelitas. Esta noche se llamó la Pascua, porque Dios pasó por alto las casas de su pueblo (Éxodo 12).

Después de esta plaga, el faraón dejó ir a los israelitas, que eran unos 600 mil hombres, sin contar mujeres y niños. Pero luego cambió de opinión y los persiguió con su ejército hasta el Mar Rojo. Allí Dios hizo un milagro: abrió el mar en dos partes y dejó un camino seco para que los israelitas pasaran. Pero cuando los egipcios intentaron seguirlos, Dios hizo que el mar volviera a su lugar y los ahogó a todos (Éxodo 14).

La conquista de Canaán

Dios le había prometido a Abraham que le daría la tierra de Canaán como heredad a sus descendientes (Génesis 15:18-21). Pero antes de entrar en la tierra prometida, los israelitas tuvieron que pasar por el desierto durante 40 años. Allí Dios los guió con una columna de nube de día y una columna de fuego de noche. También les proveyó agua de la roca y maná del cielo para alimentarlos. Además, les dio los Diez Mandamientos y otras leyes para que vivieran conforme a su voluntad (Éxodo 16-20).

Pero los israelitas fueron rebeldes e incrédulos, y murmuraron contra Dios y contra Moisés muchas veces. Por eso Dios no les permitió entrar en la tierra prometida, sino que hizo morir a toda aquella generación en el desierto, excepto a Josué y a Caleb, que habían sido fieles y habían creído en la promesa de Dios (Números 13-14).

Después de la muerte de Moisés, Dios le ordenó a Josué que fuera el nuevo líder de Israel y que condujera al pueblo a la conquista de Canaán. Josué obedeció a Dios y cruzó el río Jordán con todo el pueblo. Allí Dios hizo otro milagro: detuvo las aguas del río para que pasaran en seco (Josué 3).

La primera ciudad que tuvieron que enfrentar fue Jericó, una ciudad fortificada con altos muros. Pero Dios les dio una estrategia sobrenatural: debían rodear la ciudad una vez al día durante seis días, llevando el arca del pacto y tocando las trompetas. El séptimo día debían rodearla siete veces y al final gritar con fuerza. Así lo hicieron los israelitas, y los muros de Jericó se derrumbaron y pudieron tomar la ciudad (Josué 6).

De esta manera, Josué y los israelitas fueron conquistando las ciudades de Canaán, con la ayuda de Dios, que les dio victoria sobre sus enemigos. Algunas veces tuvieron que luchar contra gigantes, como los anaquitas (Josué 11:21-22). Otras veces tuvieron que enfrentar coaliciones de reyes cananeos, como en la batalla de Gabaón, donde Dios hizo caer piedras del cielo sobre sus adversarios y detuvo el sol y la luna para que tuvieran más tiempo para pelear (Josué 10:1-14).

Finalmente, Josué repartió la tierra entre las doce tribus de Israel, según el mandato de Dios. Cada tribu recibió una porción del territorio según su tamaño y su ubicación. La tribu de Leví no recibió heredad en la tierra, sino que se le asignaron ciudades con sus ejidos para habitar. La tribu de José recibió una doble porción por medio de sus hijos Efraín y Manasés (Josué 13-21).

 

El reinado de David y Salomón

Después de la muerte de Josué, Israel entró en un período de inestabilidad y apostasía, llamado el tiempo de los jueces. Los jueces eran líderes carismáticos que Dios levantaba para liberar al pueblo de la opresión de sus enemigos, cuando se arrepentían de sus pecados y clamaban a Dios. Algunos de los jueces más famosos fueron Otoniel, Débora, Gedeón, Jefté, Sansón y Samuel (Jueces 1-16).

Samuel fue el último de los jueces y el primero de los profetas. Él fue el que ungió a los primeros dos reyes de Israel: Saúl y David. Saúl fue el primer rey de Israel, elegido por el pueblo según su apariencia. Pero Saúl desobedeció a Dios y perdió su favor. Por eso Dios le quitó el reino y se lo dio a David, un joven pastor que había derrotado al gigante Goliat con una honda y una piedra (1 Samuel 8-17).

David fue el segundo rey de Israel y el más grande de todos. Él fue un hombre conforme al corazón de Dios, que amó al Señor con todo su ser y le sirvió fielmente. David consolidó el reino de Israel y lo expandió por todas partes. También trajo el arca del pacto a Jerusalén, la ciudad que había conquistado a los jebuseos y que hizo su capital. Además, compuso muchos salmos que expresan su devoción y su confianza en Dios (2 Samuel 1-24).

Dios hizo un pacto con David y le prometió que su trono sería establecido para siempre, y que de su descendencia saldría el Mesías, el ungido de Dios, que reinaría sobre todo el mundo con justicia y paz (2 Samuel 7:12-16; Salmo 89:3-4). Esta promesa se cumplió en Jesús, el hijo de David, el hijo de Dios (Mateo 1:1; Lucas 1:31-33).

Salomón fue el tercer rey de Israel y el hijo de David. Él fue el más sabio de todos los hombres, y escribió muchos proverbios y cantares que reflejan su conocimiento y su experiencia. Salomón construyó el templo de Dios en Jerusalén, según el diseño que Dios le había dado a David. El templo era una obra magnífica, llena de oro y piedras preciosas, donde se adoraba a Dios con sacrificios y ofrendas. Cuando Salomón terminó el templo, Dios llenó la casa con su gloria y confirmó su pacto con él (1 Reyes 1-10).

Pero Salomón no fue fiel a Dios como su padre David. Él se dejó llevar por sus muchas mujeres extranjeras, que lo apartaron del Señor y lo hicieron adorar a otros dioses. Por eso Dios se enojó con Salomón y le anunció que le quitaría el reino y se lo daría a uno de sus siervos. Sin embargo, por amor a David, Dios no lo hizo en vida de Salomón, sino después de su muerte (1 Reyes 11).

La división del reino

Después de la muerte de Salomón, su hijo Roboam le sucedió en el trono. Pero Roboam no escuchó el consejo de los ancianos, sino que siguió el consejo de los jóvenes, y aumentó la carga sobre el pueblo. Esto provocó una rebelión liderada por Jeroboam, un siervo de Salomón que había sido ungido por el profeta Ahías como rey sobre las diez tribus del norte (1 Reyes 11:26-40).

Así se dividió el reino de Israel en dos: el reino del norte, llamado Israel o Efraín, gobernado por Jeroboam; y el reino del sur, llamado Judá o Judá-Benjamín-Leví (por las tribus que lo conformaban), gobernado por Roboam.

El reino del norte fue infiel a Dios desde el principio. Jeroboam estableció dos becerros de oro en Betel y Dan como lugares alternativos para adorar a Dios, para evitar que el pueblo fuera a Jerusalén. También nombró sacerdotes que no eran de la tribu de Leví, e instituyó fiestas que no eran las que Dios había ordenado. Estas acciones fueron llamadas el pecado de Jeroboam, que hizo pecar a Israel (1 Reyes 12:25-33).

El reino del norte tuvo 19 reyes, todos malos, que siguieron el ejemplo de Jeroboam y adoraron a otros dioses, como Baal y Asera. Dios envió muchos profetas al reino del norte, como Elías, Eliseo, Amós y Oseas, para llamar al pueblo al arrepentimiento y anunciar el juicio de Dios. Pero el pueblo no escuchó ni se convirtió. Por eso Dios permitió que el reino del norte fuera invadido y destruido por los asirios en el año 722 a.C., y que sus habitantes fueran llevados cautivos a otras tierras (2 Reyes 17).

El reino del sur fue más fiel a Dios que el reino del norte, pero también tuvo sus altibajos. El reino del sur tuvo 20 reyes, algunos buenos y otros malos. Los reyes buenos fueron los que hicieron lo recto ante los ojos de Dios, como Asa, Josafat, Joás, Ezequías y Josías. Ellos quitaron los altares y las imágenes de los dioses falsos, repararon el templo de Dios, restablecieron la ley de Dios y celebraron la Pascua. Los reyes malos fueron los que hicieron lo malo ante los ojos de Dios, como Roboam, Abías, Joram, Ocozías, Atalía, Acaz, Manasés y Amón. Ellos hicieron lo contrario: edificaron altares e imágenes a los dioses falsos, profanaron el templo de Dios, abandonaron la ley de Dios y practicaron la idolatría y la hechicería.

Dios también envió muchos profetas al reino del sur, como Isaías, Jeremías, Miqueas y Sofonías, para advertir al pueblo de su pecado y anunciar el juicio de Dios. Pero el pueblo tampoco escuchó ni se convirtió. Por eso Dios permitió que el reino del sur fuera invadido y destruido por los babilonios en el año 586 a.C., y que sus habitantes fueran llevados cautivos a Babilonia. Además, los babilonios quemaron el templo de Dios y lo saquearon (2 Reyes 24-25).

El exilio y el regreso a la tierra

Los judíos estuvieron en cautiverio en Babilonia durante 70 años, según la profecía de Jeremías (Jeremías 25:11-12). Allí sufrieron mucho, pero también aprendieron a confiar en Dios y a esperar su liberación. Algunos judíos se destacaron por su fidelidad a Dios en medio de un ambiente hostil, como Daniel y sus amigos Sadrac, Mesac y Abed-nego (Daniel 1-6).

Dios no se olvidó de su pueblo, sino que le habló por medio de los profetas Ezequiel y Daniel, que estaban en Babilonia. Ellos les dieron mensajes de consuelo y esperanza, y les revelaron los planes de Dios para el futuro de Israel y de las naciones (Ezequiel 1-48; Daniel 7-12).

Dios también movió el corazón del rey Ciro de Persia, que conquistó a Babilonia en el año 539 a.C., para que permitiera a los judíos volver a su tierra y reconstruir el templo de Dios (Esdras 1). Así comenzó el período del regreso a la tierra, que duró unos 100 años.

El regreso a la tierra se hizo en tres etapas:

  • La primera etapa fue liderada por Zorobabel, un descendiente de David, que llevó a unos 50 mil judíos a Jerusalén. Allí reconstruyeron el altar de Dios y pusieron los cimientos del segundo templo. Pero se enfrentaron a la oposición de los samaritanos, un pueblo mestizo que habitaba en la región norteña. Los samaritanos pretendían ayudar en la construcción del templo, pero en realidad querían impedirla
  • La segunda etapa fue liderada por Esdras, un sacerdote y escriba, que llevó a unos 2 mil judíos a Jerusalén. Allí restauró la ley de Dios y enseñó al pueblo a obedecerla. También hizo una reforma moral y religiosa, y separó al pueblo de las mujeres extranjeras con las que se habían casado (Esdras 7-10).

  • La tercera etapa fue liderada por Nehemías, un copero del rey Artajerjes de Persia, que llevó a unos 40 mil judíos a Jerusalén. Allí reconstruyó los muros de la ciudad y estableció el orden civil y administrativo. También hizo una alianza con el pueblo para que guardaran la ley de Dios y le sirvieran con fidelidad (Nehemías 1-13).

Durante este período, Dios también envió a los profetas Hageo, Zacarías y Malaquías, que animaron al pueblo a terminar la obra del templo, a esperar la venida del Mesías y a purificar sus corazones (Hageo 1-2; Zacarías 1-14; Malaquías 1-4).

El segundo templo fue terminado y dedicado en el año 515 a.C., bajo el reinado de Darío de Persia (Esdras 6). Este templo no tenía la gloria ni la riqueza del primer templo, pero era el lugar donde Dios se manifestaba a su pueblo y recibía su adoración.

La venida de Jesús

Después del último profeta, Malaquías, hubo un período de silencio profético de unos 400 años, llamado el período intertestamentario. Durante este tiempo, Israel estuvo bajo el dominio de diferentes imperios: el persa, el griego, el seléucida y el romano. También surgieron diferentes grupos religiosos y políticos dentro del judaísmo, como los fariseos, los saduceos, los esenios, los zelotes y los herodianos.

En este contexto histórico, se cumplió el tiempo señalado por Dios para enviar a su Hijo al mundo. Jesús nació en Belén de Judea, de una virgen llamada María, que estaba desposada con un carpintero llamado José. José era descendiente de David, y por eso tuvo que ir a Belén para empadronarse según el decreto del emperador Augusto. Allí nació Jesús en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2:1-7).

Jesús era el Mesías prometido, el ungido de Dios, el Salvador del mundo. Él era Dios hecho hombre, la Palabra hecha carne, el Emmanuel, Dios con nosotros (Juan 1:1-14; Mateo 1:21-23). Él vino para cumplir la ley y los profetas, para revelar al Padre y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 5:17; Juan 14:9; Marcos 10:45).

Jesús vivió una vida sin pecado, haciendo siempre la voluntad de Dios. Él predicó el evangelio del reino de Dios, llamando al pueblo al arrepentimiento y a la fe. Él hizo muchos milagros, sanando a los enfermos, liberando a los endemoniados, alimentando a las multitudes y resucitando a los muertos. Él enseñó con autoridad y sabiduría, usando parábolas e ilustraciones. Él escogió a doce discípulos para que lo siguieran y lo aprendieran de él (Mateo 4:23-25; Marcos 3:13-19).

Pero Jesús también sufrió el rechazo y la persecución de los líderes religiosos de su tiempo, que lo consideraban un blasfemo y un sedicioso. Ellos conspiraron para matarlo con la ayuda de Judas Iscariote, uno de sus discípulos que lo traicionó por treinta monedas de plata (Mateo 26:14-16).

Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní, donde había orado al Padre con angustia y sudor de sangre. Fue llevado ante el sumo sacerdote Caifás y el sanedrín, el tribunal judío, que lo condenaron a muerte por blasfemia. Luego fue entregado a Poncio Pilato, el gobernador romano, que lo interrogó y lo azotó, pero no halló culpa en él. Sin embargo, por presión de la multitud, que pedía la liberación de un criminal llamado Barrabás, Pilato lo sentenció a morir crucificado (Mateo 26:36-27:26).

Jesús fue crucificado en el Gólgota, o Calvario, un lugar fuera de la ciudad. Allí fue clavado en una cruz de madera, entre dos ladrones. Sobre su cabeza pusieron un letrero que decía: “Jesús nazareno, rey de los judíos”. Mientras estaba en la cruz, Jesús sufrió el escarnio de los que pasaban, de los soldados y de los líderes religiosos. También sufrió la sed, el dolor y la soledad. Pero lo más terrible fue que sufrió la ira de Dios por nuestros pecados, y por eso exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:27-46).

Jesús murió en la cruz alrededor de las tres de la tarde, después de decir: “Consumado es”. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, desde arriba hasta abajo, señalando que el acceso a Dios estaba abierto por medio de su sangre. También hubo un terremoto y se abrieron los sepulcros, y muchos santos resucitaron (Mateo 27:50-53).

Jesús fue sepultado en un sepulcro nuevo, propiedad de José de Arimatea, un discípulo secreto. El sepulcro fue sellado y custodiado por soldados romanos, para evitar que los discípulos robaran el cuerpo y dijeran que había resucitado (Mateo 27:57-66).

Pero al tercer día, Jesús resucitó de entre los muertos, con un cuerpo glorificado e incorruptible. El ángel del Señor descendió del cielo y removió la piedra del sepulcro, y los guardias temblaron y se quedaron como muertos. Jesús se apareció a María Magdalena y a otras mujeres que habían ido al sepulcro a ungir su cuerpo. Luego se apareció a sus discípulos en varias ocasiones, durante cuarenta días, y les habló del reino de Dios (Mateo 28; Marcos 16; Lucas 24; Juan 20-21).

Jesús ascendió al cielo desde el monte de los Olivos, mientras sus discípulos lo miraban. Una nube lo recibió y dos ángeles les dijeron que así como lo habían visto ir al cielo, así vendría otra vez (Hechos 1:1-11).

La formación de la iglesia

Antes de ascender al cielo, Jesús les dio a sus discípulos la gran comisión: ir por todo el mundo y hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que él les había mandado. También les prometió que estaría con ellos todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28:18-20).

Además, Jesús les ordenó que esperaran en Jerusalén la promesa del Padre, el Espíritu Santo, que les daría poder para ser sus testigos hasta lo último de la tierra (Hechos 1:4-8).

 

Los discípulos obedecieron a Jesús y se reunieron en el aposento alto, donde perseveraban unánimes en oración. Allí estaban los once apóstoles (Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hijo de Santiago), María la madre de Jesús, sus hermanos y otras mujeres, unos 120 en total (Hechos 1:12-15).

El día de Pentecostés, que era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, se cumplió la promesa del Espíritu Santo. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que llenó toda la casa donde estaban. Y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablaran (Hechos 2:1-4).

En Jerusalén había judíos piadosos de todas las naciones bajo el cielo, que habían venido a celebrar la fiesta. Ellos oyeron el estruendo y se acercaron a ver lo que pasaba. Y se quedaron asombrados al oír a los discípulos hablar en sus propias lenguas las maravillas de Dios. Algunos se burlaban y decían que estaban borrachos, pero otros se maravillaban y preguntaban qué significaba aquello (Hechos 2:5-13).

Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, se puso en pie con los once apóstoles y les habló con denuedo. Les explicó que lo que estaban viendo era el cumplimiento de la profecía de Joel, que decía que Dios derramaría su Espíritu sobre toda carne en los últimos días (Joel 2:28-32). Les anunció que Jesús de Nazaret era el Mesías enviado por Dios, a quien ellos habían crucificado, pero Dios había resucitado. Les exhortó a arrepentirse y bautizarse en el nombre de Jesús para perdón de sus pecados y para recibir el don del Espíritu Santo (Hechos 2:14-40).

Aquel día, unos tres mil judíos se convirtieron al Señor y fueron bautizados. Y se unieron a los discípulos en la comunión, la doctrina de los apóstoles, el partimiento del pan y las oraciones. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos (Hechos 2:41-47).

Así nació la iglesia, el cuerpo de Cristo, formado por todos los que creen en él como su Señor y Salvador. La iglesia es la familia de Dios, compuesta por judíos y gentiles que han sido reconciliados con Dios y entre sí por medio de la sangre de Cristo. La iglesia es el templo de Dios, habitado por el Espíritu Santo, que le da vida y poder. La iglesia es la novia de Cristo, amada por él y preparada para su venida (Efesios 2:11-22; 5:25-27).

La iglesia creció y se extendió por todo el mundo, a pesar de la persecución y la oposición. Los apóstoles fueron los principales testigos y maestros de la iglesia, y escribieron cartas inspiradas por el Espíritu Santo para instruir y animar a los creyentes. Otros escritores también contribuyeron al Nuevo Testamento, como Marcos, Lucas y Pablo.

Pablo fue un apóstol especial, llamado por Jesús después de su ascensión. Antes se llamaba Saulo y era un fariseo celoso que perseguía a la iglesia. Pero Jesús se le apareció en el camino a Damasco y lo convirtió al cristianismo. Desde entonces Pablo se dedicó a predicar el evangelio a los gentiles y a fundar iglesias en Asia Menor, Grecia y Roma. Pablo escribió trece cartas que forman parte del Nuevo Testamento (Hechos 9; 13-28).

La iglesia primitiva tuvo que enfrentar muchos desafíos internos y externos. Internamente tuvo que resolver cuestiones doctrinales y prácticas sobre la relación entre la ley y la gracia, entre los judíos y los gentiles, entre la fe y las obras, entre la libertad y el amor. También tuvo que lidiar con falsos maestros y herejías que amenazaban la pureza del evangelio. Externamente tuvo que soportar la persecución de los judíos y de los romanos, que la acusaban de ser una secta peligrosa y subversiva. Muchos cristianos sufrieron el martirio por causa de su fe (Hechos 15; Gálatas; 2 Pedro; Apocalipsis).

Pero la iglesia también experimentó el poder y la presencia de Dios, que la confirmaba con señales y prodigios. La iglesia también gozaba de la comunión y el amor entre los hermanos, que compartían sus bienes y se ayudaban unos a otros. La iglesia también esperaba con anhelo la venida de Jesús, que había prometido volver para llevarse a su pueblo y juzgar al mundo (Hechos 4:32-37; 1 Tesalonicenses 4:13-18).

La destrucción del templo

En el año 70 d.C., se cumplió una profecía que Jesús había hecho sobre el templo de Jerusalén. Jesús había dicho que no quedaría piedra sobre piedra del templo, que sería destruido por sus enemigos (Mateo 24:1-2).

Esto ocurrió cuando los romanos sitiaron Jerusalén durante cuatro años, debido a una rebelión de los judíos contra el imperio. Los romanos entraron en la ciudad y la incendiaron, matando a miles de judíos y llevando a otros cautivos. El templo fue saqueado y quemado, y sus piedras fueron derribadas (Lucas 21:20-24).

La destrucción del templo fue un juicio de Dios sobre el pueblo judío, que había rechazado a su Mesías y había clamado: “¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mateo 27:25). Fue también el fin de la era del Antiguo Testamento, donde el templo era el centro de la adoración a Dios. Desde entonces, el verdadero templo es la iglesia, formada por los creyentes en Cristo, que adoran a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24; 1 Corintios 3:16-17).

La destrucción del templo fue también el cumplimiento parcial de la profecía de las setenta semanas de Daniel, que hablaba de la venida del Mesías, su muerte, la confirmación del pacto con muchos, la cesación del sacrificio y la ofrenda, y la abominación desoladora (Daniel 9:24-27). La parte final de esta profecía se cumplirá en el tiempo del fin, cuando aparezca el anticristo, que se sentará en el templo de Dios haciéndose pasar por Dios, y que perseguirá a los santos hasta que venga Jesús a destruirlo (2 Tesalonicenses 2:1-12; Apocalipsis 13).

La dispersión de los judíos

Después de la destrucción del templo, los judíos quedaron sin patria ni templo. Fueron dispersados por todo el mundo, sufriendo persecución y discriminación. Algunos se refugiaron en otras ciudades o países, como Alejandría o Babilonia. Otros se rebelaron contra los romanos y buscaron establecer un estado judío independiente. Pero fracasaron en sus intentos y fueron aplastados por los romanos.

En el año 132 d.C., se produjo la última gran rebelión judía contra Roma, liderada por Simón Bar Kojba, que se proclamó como el Mesías. Los romanos respondieron con una brutal represión, que acabó con más de medio millón de judíos muertos y miles vendidos como esclavos. El emperador Adriano prohibió a los judíos entrar en Jerusalén y cambió su nombre por Aelia Capitolina. También cambió el nombre de Judea por Palestina, en honor a los filisteos, un antiguo enemigo de Israel.

Los judíos sobrevivientes se dispersaron aún más por el mundo, manteniendo su identidad religiosa y cultural. Ellos esperaban la restauración de su nación y la ven

ida de su Mesías. Ellos se aferraron a la Torá, el Talmud y la Cábala como fuentes de su fe y su sabiduría. Ellos se organizaron en comunidades o sinagogas, donde practicaban sus ritos y tradiciones. Ellos sufrieron el antisemitismo y el odio de muchos pueblos, que los acusaban de ser los asesinos de Cristo y los culpables de todos los males.

Los judíos fueron víctimas de pogromos, expulsiones, inquisiciones, guetos y holocaustos. El más terrible fue el Holocausto nazi, que exterminó a unos seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis intentaron eliminar al pueblo judío de la faz de la tierra, pero no lo lograron. Dios preservó a su pueblo, según su promesa (Jeremías 31:35-37).

La restauración de Israel

Dios no se olvidó de su pueblo, sino que le hizo muchas profecías sobre su restauración y su papel en los últimos días. La Biblia dice que en el tiempo del fin, Israel volvería a ser una nación, y que sería el centro de atención de las naciones (Ezequiel 37:21-22; Lucas 21:24). Esto se cumplió en 1948, cuando Israel declaró su independencia después de casi 2000 años de no existir como estado.

El renacimiento de Israel

El renacimiento de Israel fue un milagro histórico y profético, que marcó el inicio del cumplimiento de las profecías escatológicas. Fue el resultado de un movimiento sionista, que buscaba el retorno de los judíos a su tierra ancestral. Fue también el resultado de una guerra árabe-israelí, que enfrentó a Israel con sus vecinos árabes, que no aceptaban su existencia.

El movimiento sionista surgió a finales del siglo XIX, impulsado por líderes como Theodor Herzl y Jaim Weizmann. Ellos promovieron la idea de crear un hogar nacional para los judíos en Palestina, que entonces era parte del imperio otomano. Ellos consiguieron el apoyo de algunas potencias europeas, como Gran Bretaña, que emitió la Declaración Balfour en 1917, reconociendo el derecho de los judíos a establecerse en Palestina.

Después de la Primera Guerra Mundial, Palestina pasó a ser un mandato británico, según la Sociedad de Naciones. Los británicos permitieron la inmigración judía a Palestina, pero también prometieron respetar los derechos de los árabes que vivían allí. Esto generó un conflicto entre judíos y árabes, que se agravó con el aumento del antisemitismo en Europa y la llegada de más judíos huyendo del nazismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, la presión internacional para crear un estado judío se hizo más fuerte. La ONU propuso un plan de partición de Palestina en dos estados: uno judío y otro árabe. Los judíos aceptaron el plan, pero los árabes lo rechazaron. El 14 de mayo de 1948, David Ben Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel, con el apoyo de Estados Unidos y la Unión Soviética.

Al día siguiente, cinco países árabes (Egipto, Siria, Irak, Jordania y Líbano) declararon la guerra a Israel e invadieron su territorio. Comenzó así la primera guerra árabe-israelí, que duró hasta 1949. Contra todo pronóstico, Israel logró defenderse y vencer a sus enemigos. Israel amplió su territorio en un 50% respecto al plan de partición. Israel también recibió el reconocimiento diplomático de muchos países y se convirtió en miembro de la ONU.

Las guerras de Israel

Desde su nacimiento como nación, Israel ha sido el foco de muchos conflictos, guerras y ataques, tanto de sus vecinos árabes como de otras potencias mundiales. Algunas de las guerras más importantes que ha librado Israel son:

  • La guerra del Sinaí o campaña del Sinaí (1956): Fue una operación militar conjunta de Israel, Francia y Gran Bretaña contra Egipto, que había nacionalizado el canal de Suez, una vía estratégica para el comercio y el transporte. Israel invadió la península del Sinaí y ocupó la franja de Gaza, que estaba bajo control egipcio. Francia y Gran Bretaña bombardearon el canal de Suez y desembarcaron tropas en su zona norte. La guerra terminó con la presión de Estados Unidos y la Unión Soviética, que exigieron la retirada de los invasores. Israel devolvió el Sinaí y Gaza a Egipto, a cambio de la libertad de navegación por el golfo de Aqaba y el estrecho de Tirán.

  • La guerra de los Seis Días (1967): Fue una guerra relámpago de Israel contra Egipto, Siria y Jordania, que habían formado una alianza para destruir a Israel. Israel lanzó un ataque preventivo contra Egipto, destruyendo su fuerza aérea en tierra. Luego avanzó por el Sinaí y llegó al canal de Suez. Al mismo tiempo, Israel atacó a Siria y conquistó los altos del Golán, una meseta estratégica desde donde Siria bombardeaba a Israel. También atacó a Jordania, que había entrado en la guerra por solidaridad con Egipto, y ocupó Cisjordania y Jerusalén oriental, incluyendo la ciudad vieja y el muro de las lamentaciones. La guerra terminó con un alto el fuego impuesto por la ONU. Israel triplicó su territorio y se convirtió en una potencia regional.

  • La guerra de Yom Kipur o del Ramadán (1973): Fue una guerra sorpresa de Egipto y Siria contra Israel, que aprovecharon el día más sagrado del calendario judío, el día del perdón o Yom Kipur, para lanzar un ataque coordinado. Egipto cruzó el canal de Suez y ocupó parte del Sinaí. Siria avanzó por los altos del Golán y amenazó con llegar al mar de Galilea. Israel reaccionó con dificultad y sufrió muchas bajas. Pero luego recibió ayuda militar de Estados Unidos y logró contraatacar y repeler a sus enemigos. Israel cruzó el canal de Suez y rodeó al ejército egipcio. También recuperó los altos del Golán y llegó hasta las puertas de Damasco. La guerra terminó con la intervención de Estados Unidos y la Unión Soviética, que negociaron un alto el fuego. La guerra fue un trauma para Israel, que perdió su sensación de invencibilidad.

  • La guerra del Líbano (1982): Fue una invasión de Israel al Líbano, que estaba sumido en una guerra civil entre cristianos, musulmanes y palestinos. El objetivo de Israel era expulsar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Líbano, donde tenía su base principal para atacar a Israel. Israel entró en Líbano y llegó hasta Beirut, donde sitió a la OLP. Bajo la mediación de Estados Unidos, la OLP aceptó abandonar Líbano y trasladarse a Túnez. Israel se retiró parcialmente de Líbano, pero mantuvo una zona de seguridad en el sur, controlada por una milicia cristiana aliada. La invasión provocó el surgimiento de grupos islámicos radicales, como Hezbolá, que se opusieron a la presencia israelí con ataques suicidas y secuestros.

  • La primera intifada (1987-1993): Fue un levantamiento popular de los palestinos que vivían en Cisjordania y Gaza contra la ocupación israelí. La intifada (que significa “sacudida” en árabe) se caracterizó por el uso de piedras, cócteles molotov y huelgas como formas de resistencia. Israel respondió con medidas represivas, como toques de queda, detenciones y disparos. La intifada generó un proceso de negociación entre Israel y la OLP, auspiciado por Estados Unidos. En 1993 se firmaron los acuerdos de Oslo, que establecieron el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP, 

    y la creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que tendría un gobierno limitado en algunas zonas de Cisjordania y Gaza.

  • La segunda intifada (2000-2005): Fue otro levantamiento de los palestinos contra Israel, que estalló después de la visita del líder opositor israelí Ariel Sharón a la Explanada de las Mezquitas, un lugar sagrado para los musulmanes y los judíos. La segunda intifada (también llamada intifada de Al-Aqsa, por el nombre de la mezquita que está en la explanada) fue más violenta que la primera, e incluyó el uso de armas de fuego, cohetes y atentados suicidas. Israel respondió con incursiones militares, asesinatos selectivos y el levantamiento de un muro de separación. La segunda intifada causó miles de muertos y heridos en ambos bandos, y puso fin al proceso de paz iniciado en Oslo.

  • La guerra de Gaza (2008-2009): Fue una operación militar de Israel contra el grupo islámico Hamás, que controlaba la franja de Gaza desde 2007, tras expulsar a la ANP. El objetivo de Israel era detener el lanzamiento de cohetes desde Gaza hacia su territorio, que se había intensificado después del fin de una tregua. Israel bombardeó e invadió Gaza, causando gran destrucción y sufrimiento a la población civil. Hamás resistió y siguió disparando cohetes. La guerra terminó con un alto el fuego unilateral de Israel, seguido por uno de Hamás. La guerra fue condenada por la comunidad internacional, que acusó a Israel de usar una fuerza desproporcionada y violar los derechos humanos.

Israel es el reloj del mundo, pero Jesús es el Señor del tiempo. Él vendrá como ladrón en la noche, cuando nadie lo espere, para arrebatar a su iglesia y juzgar al mundo (1 Tesalonicenses 5:1-11; 2 Pedro 3:10). Por eso debemos estar atentos a lo que pasa en Israel y orar por la paz de Jerusalén (Salmo 122:6). También debemos estar preparados para encontrarnos con nuestro Señor y Salvador, viviendo en santidad y amor (Mateo 24:42-51; 1 Juan 3:2-3). Israel es el reloj del mundo, pero Jesús es nuestra esperanza. ¿Estás listo para su venida?

El papel de Israel en los últimos días

Israel es el reloj del mundo porque nos muestra cuán cerca estamos del cumplimiento de las profecías bíblicas y del retorno de Jesús. Jesús dijo que cuando viéramos todas estas cosas, debíamos levantar nuestra cabeza porque nuestra redención estaba cerca (Lucas 21:28).

La Biblia predice que en los últimos días habrá una gran batalla por Jerusalén, la capital de Israel, y que todas las naciones se reunirán contra ella (Zacarías 12:2-3; Apocalipsis 16:13-16). Pero Dios intervendrá para defender a su pueblo y establecerá su reino eterno en la tierra (Zacarías 14:1-9; Apocalipsis 19:11-21). Habrá un tiempo de angustia para Jacob, es decir, para Israel, como nunca lo hubo desde que existen las naciones. Pero Dios librará a su pueblo y hará con él un nuevo pacto, en el que perdonará sus pecados y pondrá su ley en sus corazones (Jeremías 30:7; 31:31-34).

Por esto Israel es el reloj del mundo, pero Jesús es el Señor del tiempo. Él vendrá como ladrón en la noche, cuando nadie lo espere, para arrebatar a su iglesia y juzgar al mundo (1 Tesalonicenses 5:1-11; 2 Pedro 3:10). Por eso debemos estar atentos a lo que pasa en Israel y orar por la paz de Jerusalén (Salmo 122:6). También debemos estar preparados para encontrarnos con nuestro Señor y Salvador, viviendo en santidad y amor (Mateo 24:42-51; 1 Juan 3:2-3). Israel es el reloj del mundo, pero Jesús es nuestra esperanza. ¿Estás listo para su venida?