
Cosas que ojo no vio
Había una amargura que no podía explicar. No era la falta de
trabajo, porque tenía uno. No era la soledad, porque tenía familia. No era la
enfermedad, porque gozaba de salud. Y sin embargo, cada día al despertar, una
sensación de vacío me asaltaba como un ladrón en la noche. ¿Por qué, entonces,
este peso en el alma? ¿Por qué este desasosiego, esta tristeza que se instalaba
en mi pecho como un huésped indeseado?
Vivimos en un mundo que nos enseña a contar nuestras
bendiciones: trabajo, hogar, sustento, amistades. "Si tienes todo eso —nos
dicen—, ¿qué más puedes pedir?" Y, sin embargo, yo sentía que algo me
faltaba, como un prisionero que ha olvidado por qué está encarcelado pero que
aún siente las cadenas en sus muñecas.
Entonces, un día, Dios puso en mi corazón un versículo:
"Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al
corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le
aman" (1 Corintios 2:9).
Aquellas palabras llegaron como un bálsamo, como una
promesa. Me hablaban de algo que ni siquiera podía imaginar, algo que iba más
allá de mis sentidos, de mis pensamientos, de mi comprensión limitada. Y de
repente, me di cuenta: mi error había sido creer que la plenitud se hallaba en
lo tangible, en lo que mis ojos podían ver y mis manos tocar. Pero Dios hablaba
de algo mucho mayor.
El hombre en la encrucijada
Dostoievski, en Los hermanos Karamázov, nos cuenta la
historia de Iván, un hombre que lo tenía todo en términos humanos:
inteligencia, prestigio, cultura. Pero en su interior, libraba una batalla
terrible con la idea de Dios y el sufrimiento del mundo. En su famosa
conversación con su hermano Aliósha, Iván exclama con amargura:
"Si Dios existe y es bueno, ¿por qué permite el
sufrimiento de los inocentes?"
Y esta es la misma pregunta que muchos de nosotros nos
hacemos en los momentos de angustia. "Si tengo todo, ¿por qué me siento
vacío?" "Si Dios me ama, ¿por qué me siento perdido?"
Pero Aliósha responde no con un argumento, sino con una vida
entregada a la fe, a la esperanza de que lo que vemos no es todo lo que hay. Y
es ahí donde se revela la verdad del versículo: lo que Dios ha preparado para
nosotros no es algo que podamos medir con nuestra razón limitada.
Así me sentí yo. Vivía en el mundo de Iván, lleno de
preguntas sin respuestas, atrapado en mi propia desesperación. Pero cuando leí
aquel versículo, Dios me mostró que debía mirar más allá. Que mi historia no
terminaba en la amargura, sino que era apenas el inicio de una promesa más
grande.
Un mundo más allá de nuestra comprensión
En Crimen y castigo, Raskólnikov es un joven que cree
haber comprendido la vida. Está convencido de que las reglas morales son para
los débiles, que él puede decidir sobre el destino de los demás. Pero cuando
comete su crimen, su alma se ve consumida por el tormento. Es entonces cuando
encuentra a Sonia, una mujer que ha sufrido más de lo que él puede imaginar,
pero que, aun en su miseria, conserva la fe. Y en un momento de desesperación,
Sonia le dice:
"Debes arrodillarte en la plaza y besar la tierra
que has profanado, y decir en voz alta: '¡Soy un asesino!'"
Es un acto de humillación, sí, pero también de redención.
Porque solo al reconocer nuestra miseria podemos empezar a ver la esperanza.
Así también me sentí yo. No había cometido un crimen, pero había estado
atrapado en mi propia arrogancia, creyendo que mi tristeza era una prueba de
que Dios me había olvidado. Pero en realidad, era un llamado. Un recordatorio
de que lo que me esperaba era mucho más grande que todo lo que yo había
concebido.
Pero he aquí el dilema...
Si el hombre no puede ver, ni oír, ni siquiera concebir
tales maravillas, ¿cómo podrá desearlas? ¿Cómo podrá aferrarse a una esperanza
que no puede siquiera figurar en su alma? Aquí radica la fe, ese salto en la
oscuridad que solo los corazones rendidos a Dios se atreven a dar. La fe es la
antorcha encendida en la caverna de la existencia, y solo a través de ella
puede el hombre avanzar hacia lo desconocido.
Para aquellos que aman a Dios, esta promesa es un refugio en
medio de la tormenta. No es el vano consuelo de los que temen la muerte, sino
la certeza de que todo sufrimiento es pasajero, de que la injusticia del mundo
será disipada en la luz del Eterno. El malvado, que confía en su poder y en su
astucia, se burla de estas palabras. Mas el humilde, el que ha conocido el peso
de la vida y ha llorado en los rincones oscuros de su alma, se aferra a ellas
como un náufrago a la tabla de salvación.
Por eso, hermanos, no os desesperéis en la aflicción, ni os
dejéis vencer por la duda. Porque si en esta vida solo vislumbramos sombras y
reflejos, más allá del horizonte nos esperan realidades que nuestra mente aún
no puede soportar. Como un niño en el vientre materno no puede comprender el
mundo que lo aguarda, así nosotros, en este exilio terrenal, no podemos
concebir la plenitud de la promesa divina.
La promesa de lo que vendrá
Dios no promete que nuestra vida será fácil, ni que todas
nuestras preguntas serán respondidas de inmediato. Pero nos da algo más
valioso: la certeza de que lo mejor está aún por venir. Lo que Él ha preparado
para nosotros es algo que ni siquiera podemos imaginar.
Si te sientes atrapado en la rutina, si la tristeza te
envuelve sin razón aparente, recuerda este versículo. No estás solo. No estás
olvidado. Y lo que Dios tiene para ti es más grande que cualquier cosa que
puedas soñar.
Como dice Romanos 8:18:
"Pues tengo por cierto que las aflicciones del
tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de
manifestarse."
Así que, aunque ahora no lo entendamos, aunque las sombras
nos rodeen, confiemos. Porque lo que Dios ha preparado para nosotros supera
toda imaginación y nos espera en la eternidad.
Al final, como dijo el propio Dostoievski:
"La belleza salvará al mundo."
Y esa belleza, esa gloria que Dios nos ha prometido, es algo
que ni el ojo ha visto, ni el oído ha oído, ni el corazón del hombre ha
concebido. Pero existe. Y nos espera.